Sensei Akamine

 

Una entrevista realizada por Claudio Veiga, exclusiva de Cinturón Negro ARGENTINA

Hacía tiempo que deseaba reunirme con Sensei Akamine.

Especialmente desde que, por temas particulares, no pude asistir, hacia fines de 2011, a una reunión programada en su Dojo de Ciudadela para entrevistar a Heshiki Sensei.

Luego, cuando al poco tiempo se formalizó la Federación Argentina de Karatedo Okinawense con Sensei Akamine a cargo de la presidencia, se reforzó mi intención de hablar con    él.

La reunión finalmente se concretó ayer, sin saber yo antes, que estábamos a días de un importante aniversario: 18 de enero de 1972, cuando Akamine Sensei llegó a la Argentina.    Es decir, el próximo miércoles se cumplirán 40 años.

 

A mediados de los 60 el joven Akamine estuvo a punto de viajar a USA, por pedido de Nagamine Osensei, su Maestro en karate y en la vida. Viajaría para colaborar con Nagamine Takayoshi en el Dojo de Matsubayashi, en New York. Sin embargo, eligió no ir. Un antiguo pasaporte americano a su nombre y sin estrenar, recuerda aquella opción que afortunadamente para los argentinos, rechazó; opción que de concretarse, pudo haber cambiado el destino, al menos tal como lo conocemos, de Matsubayashi ryu en Sudamérica.

Sensei habla de su Maestro con especial afecto. Cada recuerdo le sale del corazón. Por ejemplo, me cuenta que hasta el 65 o 67, Nagamine Sensei sentaba solo, en el Dojo. Por una decisión personal de asimilar Zazen a su vida. Rara vez alguien lo acompañaba. Él no obligaba, solo sugería practicar, especialmente a las graduaciones mayores, indicando que mejoraría su karate y en general, su vida. Unos años después, Sensei Nagamine llevó un Maestro Zen desde Japón, para que desarrolle la vía en Honbu Dojo, ya como unidad Karate-Zen. En Okinawa, por entonces no había maestros Zen.

 

 

 

 

 

También a esa época, la segunda mitad de los ´60, corresponde una experiencia en la vida de Sensei Akamine que permaneció casi desconocida, hasta ahora: su instrucción en karate a los Boinas Verdes americanos asentados en Okinawa, de paso hacia Vietnam. En el norte de Okinawa hay una zona selvática de características similares a la antigua Annam. Tuvo incluso oportunidad de participar con ellos en ejercicios de sobrevivencia que se extendían 4 o 5 días. Portando solo cuchillo y cantimplora, consistían en atravesar de ida y vuelta 120 kms de selva, enfrentando la naturaleza. Sensei aún atesora la credencial expedida a su nombre por la Defensa Americana, que acredita su misión. “Nunca tuve que darme tantas vacunas como en esa época, porque varias enfermedades que contraían los americanos en Vietnam, no existían en Okinawa”, me explica.

 

 

 

 

 

Sin embargo, en los primeros setenta, el joven Akamine eligió salir de Okinawa, con Argentina como destino. Al principio, solo como una aventura mas y por dos años. En esa época Japón pagaba el pasaje de ida a todo joven que quisiera probar suerte en países en vías de desarrollo, entre los que ubicaba a la Argentina.

Si el becado “se rendía”, regresando a Japón antes de los dos años, debía reintegrar al estado el importe del pasaje. Si volvía después de los dos años, no. El pensó, “Dos años tengo que aguantar…”. El único requisito para recibir la asistencia económica, era que en el lugar de destino hubiera un inmigrante japonés que lo reciba y se ofrezca como garante de la conducta del que llegaba. Shigehide Akamine pidió a Nagamine Sensei que por favor hable con Sensei Jintatsu Higa, radicado en nuestro país desde 1938, cuando no pudo ya regresar a su patria, por el comienzo de la segunda guerra mundial. Akamine sabía que ese alumno de Sensei Nagamine vivía en Argentina porque lo había conocido en Honbu Dojo de Naha a principios de los 70. Sensei Jintatsu Higa respondió afirmativamente al pedido de Nagamine Sensei y entonces, Shigehide Akamine embarcó hacia el mar dulce, arribando a puerto, como dijimos, el 18 de enero de 1972.

 

 

 

 

 

Sensei Akamine recuerda a Sensei Jintatsu Higa con gran respeto y sentido agradecimiento. Para los más jóvenes, recordemos aquí que Higa Sensei había sido alumno de Nagamine Sensei hasta que embarcó en 1938 con rumbo a la Argentina. Además, fue hermano de Yuchoku Higa (discípulo de Chibana Sensei) el creador de Kyudokan Karatedo de Okinawa. También, Jintatsu Higa fue padre de los maestros Benito y Oscar Higa.

Sensei Higa mantuvo un perfil bajo hasta los años ´70, a punto tal que pocas veces se lo ubica entre los pioneros de karate en Argentina. Sin embargo ya desde mucho antes, el difundía karate en Argentina, especialmente entre miembros de la colectividad. “Sensei Jintatsu, en exhibiciones que muchas veces compartimos, solía realizar Kata Chinto. Un kata antiguo y avanzado, que no es para cualquiera. El lo dominaba con soltura. Sensei recién pudo regresar a Okinawa en la década del ´70. Estuvo unos 6 meses. Cada mañana iba a practicar a Honbu Dojo con Nagamine Sensei. Tuve oportunidad de participar de la despedida que le realizó mi Maestro, en los días previos a su regreso a la Argentina. Allí Sensei le entregó el diploma de 6º Dan. Una reunión memorable”

 

 

 

 

 

Cuando Akamine llegó a la Argentina fue afectuosamente recibido por la familia Higa, yendo a vivir con ellos a Villa Lugano (el lado de Capital, de Villa Celina, cruzando la General Paz), alojándose en un ambiente de la casa originalmente pensado para cochera. Comió en familia y recibió toda la contención que un grupo positivo puede brindar al recién llegado, contención mas que imprescindible, si se considera que Akamine no conocía por entonces más que unas pocas palabras de nuestro idioma. En retribución, él colaboraba durante las mañanas, en los trabajos de la tintorería familiar. Por la tarde, salía a buscar un lugar donde comenzar a enseñar karate.

Empezó con clases en Dojo Chinen de San Justo. Luego se agregó el Instituto Yusin de Ramos Mejía. Con los primeros ingresos, decidió no continuar “abusando” de la hospitalidad de los Higa mudándose a una pensión por Plaza Once. No era una vida de abundancia pero los módicos ingresos al menos alcanzaban para cubrir sus austeros gastos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No mucho tiempo después, su vida daría un giro decisivo. Un alumno, integrante de la Armada Argentina, lo recomendó para instruir en karate a los marinos. Desde entonces y por 18 años, hasta 1991, enseñó en el edificio Libertad a los integrantes de la custodia personal de los Almirantes, la técnica de karate aplicada a la defensa personal. Casi por la misma época, completando un cuadro de serena alegría, recibió el anuncio de que iba a ser padre. Varios años después, por un plazo de 10 años, habría de instruir en Karate a la Policía Aeronáutica, recientemente creada (1981)

Paralelamente, abrió su propio Dojo en Liniers; el previo al actual de Ciudadela.

En 1991 renunció a la Armada y Policía Aeronáutica para resolver temas familiares en Okinawa donde permaneció 10 años, hasta 2000. Después de 18 años en la Armada, renunció incluso a su derecho a jubilarse en la fuerza, por razones que lo muestran tal como es. Resulta que para hacer efectiva su jubilación debía nacionalizarse argentino. No hubiera sido problema, si hacerlo no implicaba perder la nacionalidad japonesa. Pero en Japón no existe la posibilidad de doble nacionalidad. Por lo tanto debía elegir. Y él prefirió perder todo derecho legítimamente obtenido en 18 años de servicio (en realidad 25 por los años transcurridos entre 1976 y 1983, que se contabilizan doble), si conservar ese derecho implicaba renunciar a su nacionalidad japonesa.

1

 

 

 

 

 

Antes de partir hacia Okinawa, dejó el dojo de Ciudadela meticulosamente organizado con sus alumnos, para que la enseñanza no se interrumpa.

En 2000 regresó y para él y sus alumnos fue como si se hubiera ido el día anterior. Retomó su rutina docente y continuó formando buenas personas y buenos karatecas. Como debe ser. Había graduado su primer cinturón negro en 1976. Hoy, ya lleva graduados 355 danes. Sin embargo, considera que “la moda de Karate ya pasó. Bruce Lee ayudó mucho a que la gente empiece a practicar y los dojos se llenen. Duró hasta fines de los años 80. Ahora la moda es otra”.

“Sensei ¿Valió la pena?”, le pregunto “¿Cuarenta años después considera que tomó la decisión correcta viniendo a la Argentina a los 24 años de edad?”. No duda que fue la decisión correcta. Es un agradecido de la Argentina. Afirma que le permitió abrir la cabeza, conocer una cultura diferente, que en Argentina es muy similar a la europea. Todo, sin renegar de sus raíces, por supuesto.

Y agrega que Argentina es un país donde jamás fue discriminado. Y cuenta dos anécdotas, para probarlo. Una: Para dejar de ser contratado en la Armada y pasar a planta permanente, debía nacionalizarse. No aceptó la condición. Igualmente la Armada lo efectivizó, respetando su nacionalidad japonesa, en mérito a sus valores humanos e idoneidad docente. La otra: siendo muy joven, recién casado y con su hijo en camino, decidió con su joven esposa, hija de Sensei Jintatsu Higa, que debían esforzarse para comprar la casa, donde recibir adecuadamente al primogénito. Aunque a duras penas cumplimentó con casi todas las exigencias del Banco Hipotecario Nacional, con una, la principal, no podía cumplir. Aportar el 30% del valor del inmueble, para que el Banco provea el otro 70%. Solo llegaba al 20%. Igualmente le dieron el crédito. Sensei se pregunta “¿En que país iban a dar crédito inmobiliario a un joven japonés sin ningún respaldo verdadero de garantía?”

 

 

 

 

 

 

 

 

“¿Volvería definitivamente a Okinawa?”, le pregunto. Dice que frecuentemente lo piensa. No lo descarta, pero lo ve como muy improbable. Le parece que ya no será posible.

Digo que casi coincidiendo con su 40 aniversario en Argentina, nació la Federación Argentina de Karatedo Okinawense, con él como principal referente y garantía de identidad. Asiente. Pero aclara que su lugar es servir de nexo con Okinawa. Facilitar la relación, especialmente ahora que la prefectura decidió formalizar que Karate es un legado de Okinawa, para toda la humanidad. Y que el gobierno se propone aumentar sustancialmente el intercambio entre Okinawa y el mundo. Viajar al exterior y recibir delegaciones. Incluso se propone construir un nuevo Budokan, únicamente para Karatedo y Kobudo de Okinawa, con instalaciones modernas para alojar delegaciones. Reconoce que está allí, porque se lo pidió el maestro Pedro Fattore, a quien aprecia especialmente por su calidad humana y dedicación y lealtad al karate de Okinawa. Incluso recuerda con afecto que dio clases a Pedro allá por los primeros años de la década del ´70, cuando con la actual Kyudokan eran todos Matsubayashi y Pedro, era alumno del Maestro Oscar Higa.

Otros temas fueron apareciendo en la charla. Ambos teníamos tiempo ayer y ganas de conversar. No siempre es posible. Soken “el cisne blanco” en Argentina; los maestros Zen Heshiki Zenko y Seisan Feijoo. Su “temita” de salud… A propósito, tiene algunas dificultades para cumplir con las exigencias que su Médica Cirujana le impone. Me cuenta que le dijo: “¿Pero cómo, usted no es japonés? Todos sabemos que los japoneses son muy disciplinados”. “Si, soy japonés”, le dijo Sensei. “Pero yo hace 40 años que vivo en Argentina”. Y ambos nos reímos en serio, con la ocurrencia.